El torno y la piedra: mi día a día como dentista en Santiago


Ejercer de dentista Santiago de Compostela tiene un compás propio que no se parece al de ninguna otra ciudad. Cada mañana, antes de encender el compresor y enfundarme los guantes, mi jornada arranca cruzando las losas mojadas del casco histórico o sorteando el tráfico denso del Ensanche bajo ese sirimiri pertinaz que parece no marcharse nunca. Subir a la clínica, dejar el paraguas goteando en la entrada y encender la luz blanca del gabinete es como aislarse en un microcosmos de precisión y calma en medio de una urbe que vive entre el recogimiento universitario y la marea incesante de peregrinos.

El perfil de quienes se sientan en mi sillón refleja con exactitud la identidad compostelana. Por una parte, está el paciente de toda la vida: vecinos de los barrios tradicionales como San Pedro, Conxo o Vite, con quienes el vínculo trasciende con creces lo estrictamente clínico. Son personas que te confían su salud bucal año tras año, que te preguntan por la familia mientras reclinas el respaldo y con quienes una obturación o una profilaxis se acompaña de conversaciones sobre el tiempo, las cosechas de la aldea o la última fiesta parroquial. Ganarse la confianza de un paciente gallego requiere tiempo, honestidad técnica y, sobre todo, una mano suave que desmonte el miedo ancestral al dolor.

Por otra parte, la presencia constante de la universidad y de las rutas jacobeas añade un elemento dinámico e impredecible a la agenda. Es habitual atender entre semana a estudiantes de medicina o filología con roturas imprevistas por estrés en época de exámenes, o recibir urgencias insólitas de caminantes que, a dos kilómetros de la plaza del Obradoiro, han sufrido un flemón agudo o la fractura de una corona dental tras semanas de travesía. En esos casos, la consulta se convierte en una estación de auxilio rápido: aliviar el dolor, reparar lo urgente y permitir que culminen su viaje con una sonrisa entera.

La práctica diaria exige una concentración absoluta. Detrás del sonido rítmico de la turbina y la luz focalizada de la lámpara, cada milímetro cuenta. Ya sea modelando una reconstrucción estética con composite o planificando una cirugía sobre implantes, la odontología moderna combina la disciplina médica con una labor casi artesanal. En una ciudad de dimensiones humanas como Santiago, tu reputación profesional se construye diente a diente; no hay campaña de publicidad que compense un trabajo mal resuelto, porque el boca a boca entre familias y compañeros de trabajo sigue siendo el juez definitivo.

Al terminar la última cita y apagar los equipos, me gusta asomarme a la ventana del despacho mientras los instrumentos terminan el ciclo en el autoclave. El rumor lejano de las campanas de la catedral se mezcla con el sonido de los pasos sobre la acera húmeda. Trabajar como dentista aquí no es solo cuidar sonrisas; es formar parte del pulso íntimo de una ciudad que te exige rigor en el gabinete y te regala autenticidad en cada despedida.